La ilegalidad de intensidad media que siempre había contado con cierto beneplácito social y tolerancia por parte de los Gobiernos y las leyes experimentó un enorme salto de calidad, instrumentado por una clase dirigente interesada tanto en fomentar la retórica sobre su brillante gestión económica como en la expansión dela clase media y la cultura del consumo y el derroche ( … )

A lo largo del proceso siguiente, los lazos entre legalidad e interés común, convivencia, derechos y calidad de la democracia fueron diluyéndose como azucarillos en el café. Y si hablar de legalidad había sido una anomalía en el pasado, a partir del nuevo siglo reivindicar el fomento de la cultura de la legalidad pasó a ser puro terrorismo. Petardismo ideológico en tiempos alborozados por la llegada de los Lexus 4 x 4, los cocineros a la altura de Shakespeare y las plusvalías del 10.000%.

Tomado de Cuando la inmundicia desbordó las alcantarillas de la política. La legitimación de lo ilícito, de Joan Queralt. Publicado en el nº 22 de Atlántica XXII.

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